El contexto empresarial actual promueve mercados cada vez más globalizados y competitivos. Esto obliga a las organizaciones a diferenciarse y posicionar sus productos en el mercado y en la mente de sus clientes, considerando para ello sus características, necesidades y deseos, a fin de desarrollar una ventaja competitiva que les permita sobresalir entre sus competidores (Olivar, 2020). Ante esta situación, las empresas se ven en la imperiosa necesidad de desarrollar y ejecutar procesos de gestión eficaces, producto del intelecto de los directivos organizacionales. Estos procesos generalmente se relacionan con factores que inciden de manera importante en la competitividad, calidad total, eficiencia y enfoque en la mejora continua. Como es lógico, la combinación de todos estos elementos influye en la productividad de la empresa para que pueda alcanzar la diferenciación, posicionamiento de marca y, como resultado, ganancias y rentabilidad. No obstante, para conseguirlo, es indispensable que la comunicación desde los mandos altos y medios de la compañía hacia los diferentes departamentos sea eficaz y el mensaje llegue a todo el personal en sus distintos niveles de jerarquía, a fin obtener los resultados esperados y que esto, a su vez, exhorte a todos los involucrados a propiciar cambios y transformaciones en respuesta a las exigencias del entorno y del mercado en general (Matos de Rojas et al., 2018).
Coincido plenamente con la observación de que la globalización y la competencia obligan a las empresas a diferenciarse mediante estrategias comunicacionales efectivas. Desde mi punto de vista, esta sección destaca un punto clave: la comunicación no solo influye en el marketing o la imagen corporativa, sino también en la eficiencia operativa interna, ya que una información mal transmitida puede generar retrasos o duplicación de esfuerzos. En este sentido, la gestión comunicacional actúa como un sistema nervioso de la empresa, permitiendo la coordinación entre sus distintas áreas.