Lope fue directo a Emeterio y vio sus ojos interrogantes y grises. -Anda, muchacho, vuelve a Sagrado, que ya es hora… En la plaza había una piedra cuadrada, rojiza. Una de esas piedras grandes como melones que los muchachos transportan desde alguna pared derruida. Lentamente, Lope la cogió entre sus manos. Emeterio le miraba, reposado, con una leve curiosidad. Tenía la mano derecha metida entre la faja y el estómago. Ni siquiera le dio tiempo de sacarla: el golpe sordo, el salpicar de su propia sangre en el pecho, la muerte y la sorpresa, como dos hermanas, subieron hasta él así, sin más.
Este momento es significativo porque los ojos de Emeterio no muestran miedo ni comprensión, solo "cuestionamiento" y "curiosidad". Incluso cuando Lope está frente a él, Emeterio no comprende completamente lo que está a punto de suceder, al igual que nunca reconoció el sufrimiento de Lope. Su mirada indiferente refleja su fracaso en "ver" realmente a Lope como una persona con potencial, emociones y resentimiento.
Además, la imagen de la "sangre fermentando entre sus cejas" en Lope, mencionada antes en la historia, es otro ejemplo de cómo Matute utiliza la imaginería relacionada con los ojos para simbolizar su ira creciente y reprimida.